LEYMORHAR

Septiembre, mes representativo para Chile en su historia no solamente porque se celebra su independencia, sino que en ese mes, exactamente el 11 de septiembre, se le da el atentado que termina con la muerte del presidente Salvador Allende por militares dirigido por A gusto Pinochet quien le había jurado como comandante en jefe de las fuerzas armadas, fidelidad, convirtiéndose en su propio traidor
Patriagrande.net comenta, que Los putchistas se apoderaron de todas las fuerzas armadas. Después de la dimisión forzosa de los generales, correligionarios de Carlos Prats, que encabezaban el ejercito de tierra, fueron destituidos de sus cargos el almirante Raúl Montero, comandante de la Marina de Guerra, y José Maria Sepúlveda, director general del cuerpo de carabineros, que no quería sumarse a los putchistas. En las fuerzas armadas se efectuó una limpia de arriba a abajo. Los fascistas lograron convertir a muchos oficiales en ciegos instrumentos del complot, convenciéndolos de la necesidad de oponerse a la amenaza de exterminio de los cuadros de mando que, como ellos afirmaban, tramaba la Unidad Popular.
En estas condiciones Allende no se creyó con derecho a llamar al pueblo inerme a la lucha. Quería evitar un derramamiento inútil de sangre, pero decidió aceptar desigual combate en La Moneda. Sabia que con un puñado de los defensores del palacio no podría alcanzar la victoria militar. Pero el presidente estaba convencido de que el combate que libraría defendiendo el mandato del pueblo, seria una victoria moral y política de la Unidad Popular. No quería ver derrotada la bandera de la revolución, sino dejarla bien alta. El mandatario del pueblo prefirió morir arma en mano antes que capitular frente a los putchistas, estaba seguro que su muerte no seria estéril.

Jamás olvidare la firmeza con que hablaba Allende por los micrófonos de la emisora comunista Magallanes. Su voz sonaba sobre el estruendo de las explosiones:

-Ante los hechos solo me cabe decir a los trabajadores: yo no voy a renunciar. Colocado en un transito histórico, pagare con mi vida la lealtad del pueblo.

Camilo Taufic escribe el 11 de de septiembre de 1973. Según la versión oficial, el Presidente Allende decidió a la 1:50 de la tarde poner fin a la resistencia armada y ordenó rendirse a sus acompañantes. Les pidió bajar desde el segundo piso de La Moneda en llamas, por las escaleras de piedra que daban a Morandé 80. Descenderían de uno en fondo, con la Payita adelante, y él mismo cerrando la fila de unas 35 personas, en último lugar.

Pero sin que los demás se diesen cuenta, Allende volvió atrás y se introdujo en el Salón Independencia. Se sentó en un sofá, pujó el fusil AK que le había regalado Fidel Castro entre sus rodillas, puso el cañón bajo su mandíbula y apretó el gatillo. Salieron dos tiros.

El doctor Patricio Guijón –único testigo confeso durante 30 años– también regresó, con la intención de recoger para su hijo un recuerdo. Desde un pasillo, frente a la puerta entreabierta del Salón Independencia, vio al Presidente dispararse. Corrió hacia él, pero ya estaba muerto. Entonces, según la versión oficial, se sentó junto al cuerpo del Presidente, tomó la metralleta y la puso atravesada sobre las piernas del occiso, sin preocuparse de huellas ni de nada. Luego estuvo velándolo durante 10 ó 15 minutos.

Hasta que un grupo de militares, encabezados por el general Javier Palacios, jefe del asalto a La Moneda, irrumpió en el lugar y comprobó que la parte superior de la cabeza del Presidente había estallado. Se veía el impacto de dos balazos incrustados en un gobelino que colgaba en la pared situada detrás.

El general Palacios (fallecido el 26 de junio de 2006), según nota aparecida en la nota necrológica que le dedicó “El Mercurio”, pensó en un primer momento inculpar al doctor Guijón por la muerte de Allende, pero después cambió de parecer. Antes había tomado el radio-teléfono y se había comunicado con el almirante Carvajal, para que le retransmitiera a Pinochet: “Misión cumplida, Moneda tomada, Presidente muerto”.

A las 19:10 horas del mismo 11 de septiembre se reúnen por primera vez (en el edificio de la Escuela Militar) los cuatro integrantes de la Junta Militar, que han asumido el poder como comandantes en jefe de las FFAA y Carabineros. Pinochet, Merino, Leigh y Mendoza se ponen rápidamente de acuerdo, antes de dirigirse por cadena de televisión al país: control riguroso de la población, largo estado de sitio con toque de queda, ruptura de relaciones con los países de la órbita soviética.

“Lo que les toma más tiempo es la disyuntiva de cómo informar de la muerte de Allende. El acuerdo final es emitir un comunicado, que saldrá recién el jueves 13, y mantener en reserva el lugar de su sepultación”, según relata Ascanio Cavallo, en la serie “Las 24 horas que estremecieron a Chile”, publicada en “La Tercera” en 2003.

El Presidente Allende es enterrado en secreto en el Cementerio Santa Inés de Viña del Mar, el día 12, trasladado por un avión FACH hasta Quintero, y de allí en una ambulancia, con fuerte custodia militar. La tapa del féretro, soldada y sellada con remaches de metal.

Un informe “técnico” sobre el deceso del Presidente depuesto es entregado recién el 20 de septiembre, en conferencia de prensa, por el general Ernesto Baeza Michelsen, nombrado en la tarde del 11 director de Investigaciones. Éste había renunciado al cargo el día 12, molesto al parecer por los tejemanejes realizados por el Servicio de Inteligencia Militar para adaptar el cadáver y el Salón Independencia a la versión que se difundió luego sobre las circunstancias del suicidio de Allende.

Según Patricia Verduro, en “Interferencia secreta”, “el inspector Pedro Espinoza y el subinspector Julio Navarro –de la Brigada de Homicidios reciben la orden

de partir a La Moneda. Deben llevar todos los elementos para hacer un peritaje, incluido el experto planimetrista, un fotógrafo y el perito balístico. Un vehículo militar los lleva primero al Ministerio de Defensa. Sólo entonces se enterarán de quién es el muerto.

–Lo asesinó un GAP– informa allí el general Brady.

Cuando llegan a La Moneda entran al ‘sitio del suceso’ y reciben una segunda y contradictoria versión.

–Se suicidó… –dice el general Palacios, en el Salón Independencia”.

Los expertos policiales de la Brigada de Homicidios son reemplazados esa misma tarde por laboratoristas “químicos y físicos” de la Policía Técnica, que firmarán un “acta de análisis de las muestras halladas” de una carilla, agregando –sin reconocer la autoría el informe truncado de la BH (otras tres carillas, que aparecen con numeración diferente y las iniciales de otro mecanógrafo, en la reproducción de todo el documento). El acta fue publicada el año 2000 por Mónica González, en el libro “La conjura: los mil y un días del golpe”.