LEYMORHAR
No se puede permanecer callada cuando ese día fatídico del 11 de septiembre de 1973, no solamente Chile se enluta por la muerte de su presidente, sino que en ese día mueren otros, entre ello su fiel amigo Augusto el perro Olivares quien siempre lo acompañó. Mi me moria se ubica también en la muerte de Olivares a quien desde la distancia física se le saluda con cariño y sobre todo recordandole la clase de hombre que era, siempre modesto, servicial y un gran comunicador. Oliovares, redactor, columnista y comentarista de radio y televisión. Muy joven comenzó como locutor de radio. Se inició como reportero en La Tercera, fue columnista de Las Noticias de Ultima Hora y Clarín, director de TVN, consejero del Colegio de Periodistas y docente en la Chile en los '60. Hijo de Tomás Olivares, mayor de Ejército en retiro, y de Julia Becerra Carrasco, tuvo cuatro hermanos: Rene, también periodista, Graciela, Estela y María Eugenia.
Manuel Cabieces Donoso nos reporta sobre él que un pequeño grupo de civiles mal armados, que encabezaba el propio Presidente de la República, Dr. Salvador Allende Gossens, defendió La Moneda el 11 de septiembre de 1973, del asedio de fuerzas militares sublevadas. El palacio era sólo un símbolo del poder constitucional. Pero adquiría enorme valor moral para enfrentar la insurrección de los jefes militares.
Un periodista, Augusto Olivares, fue el primero en morir ese día en La Moneda. Se quitó la vida con su propia mano, es cierto, pero no hay que equivocarse. Si lo hubiesen capturado vivo habría corrido la misma suerte que otros resistentes de La Moneda. Una muerte horrible como la que tuvieron el ex director de Investigaciones, Eduardo Paredes, el gerente del Banco Central, Jaime Barrios, o el jefe del GAP, Domingo Blanco Tarrés, asesinados después de sufrir horrendas torturas. Al Perro Olivares tampoco le habrían perdonado la vida, como no habrían dejado vivo al Presidente Allende si se rendía. Lo revelan las órdenes que Pinochet transmitió ese día en inglés, desde su refugio artillado en Peñalolén. La mayoría de los medios de prensa, controlados por la extrema derecha, habían creado el clima que necesitaba el golpe militar. Se utilizaron todos los trucos de la guerra psicológica y, en especial, se atizó el odio contra el Presidente Allende y sus colaboradores más cercanos. Lo mismo se hizo respecto a los dirigentes más destacados de la Unidad Popular y de la Izquierda. Todo aquel que apoyaba al gobierno era presentado como un enemigo del estado de derecho. Augusto Olivares, Carlos Altamirano, Luis Corvalán, el Coco Paredes, Miguel Enríquez, Osear Guillermo Carretón, entre los dirigentes políticos, la Payíta, el GAP y el general Carlos Prats acumulaban el odio de la extrema derecha. En los últimos días de la Unidad Popular --recuerda un amigo del Perro Olivares-- "era terrible transitar con él por algunas calles. Como el Perro no tenía auto ni manejaba, yo lo llevaba a veces desde del Canal 7 a La Moneda. Cada vez que parábamos ante un semáforo, la gente de los autos vecinos lo insultaban, nos seguían e invitaban a otros a hacer lo mismo. El Perro se enojaba, en ocasiones respondía, pero en general se deprimía". Para un hombre como Olivares, que nunca hizo daño a nadie, amistoso y sentimental, que cultivó amigos en todo el arco político, esa animosidad cargada de odio debe haber resultado dolorosa. Similar experiencia vivió el general Carlos Prats, comandante en jefe del Ejército. Un día bajó de su auto y disparó unos balazos al aire para ahuyentar a los provocadores. Fue para peor. La prensa reaccionaria lo acusó de atacar a una "mujer indefensa" que lo insultaba en la calle. La última vez que conversé con Augusto Olivares fue precisamente sobre la renuncia de Prats. Coincidimos en que el final se acercaba. El Presidenta Allende había perdido su aliado más importante. Sólo el general Prats podía conseguir que un sector del Ejército permaneciera leal a la Constitución. La astucia y la traición No sé si el Perro Olivares adivinaba la traición de Pinochet, recomendado como constitucionalista por el propio Prats. Quiero pensar que no lo engañaban las apariencias. Por su formación ideológica y política. Olivares no tenía la misma confianza inocentona en las FF.AA. que mostraban muchos dirigentes de la Unidad Popular. Sabía que los institutos armados estaban profundamente penetrados por la doctrina de la Seguridad Nacional --que define al pueblo como el enemigo principal--. Olivares había investigado y escrito mucho sobre la naturaleza de las FF.AA. en América Latina, el origen de las dictaduras militares, la influencia del Pentágono en la formación de los oficiales, etc. Es posible que el propio Allende, profundo conocedor de la naturaleza humana, no se engañara con Pinochet. Tiene que haberle repugnado la adulona obsecuencia con que lo trataba a él y a su ministro de Defensa, Orlando Letelier. En la noche del domingo 9 de septiembre, a sólo 24 horas del "madrugonazo" golpista, Olivares y otros pocos fueron testigos de la última entrevista del Presidente con el nuevo comandante en jefe del Ejército. Allende llamó a Pinochet a la residencia de Tomás Moro para informarle que esa semana convocaría a un plebiscito. Sería el pueblo el que decidiría en forma soberana si el gobierno convocaba a elecciones anticipadas o seguía adelante con su programa de transformaciones económicas y sociales. Tanto al llegar como al retirarse de la casa presidencial, que horas más tarde ordenaría bombardear, Pinochet se sobreactuó en la farsa que venia representando. Todos, incluso el Presidente Allende, se sintieron incómodos. Pinochet se cuadraba y saludaba al Presidente --dice un testigo-- en una forma que chocaba por lo servil. «Era muy distinto al sobrio y mesurado respeto al Presidente que estábamos acostumbrados a ver en el general Prats». Si alguno sintió que la actitud de Pinochet era falsa, ése debe haber sido el Perro. En la columna que escribía en el diario Clarín venía insistiendo en el papel que la CÍA jugaba en la crisis nacional. Ese tema se hizo reiterativo y algunos le preguntaron si no exageraba. Más tarde se demostró que no estaba tan equivocado. Había elementos de sobra para denunciar la injerencia norteamericana: las operaciones de la ITT, la paralización de los créditos e inversiones, las maniobras para bloquear al cobre nacionalizado, etc. Después del golpe, la investigación de la Comisión Church del Senado de EE.UU., las confesiones del ex secretario de Estado, Henry Kissinger, y otros testimonios dieron la razón a las denuncias de Olivares. Quedaron en claro los subsidios norteamericanos a partidos políticos como la Democracia Cristiana y el partido Nacional, a gremios como los camioneros, a grupos de ultra derecha, como Patria y Libertad, y a órganos de prensa como la cadena El Mercurio y el diario -La Tribuna, así como los contactos de la CÍA con altos oficiales de las FF.AA. Mucho de lo que Augusto Olivares escribió se demostró cierto. Esto explica por qué la campaña de odio en su contra era tan intensa. Fundador de Punto Final En Punto Final, a cuyo consejo de redacción perteneció hasta su muerte, denunciábamos poco más o menos lo mismo. El Perro, uno de los fundadores de la revista, colaboraba sólo ocasionalmente en la última etapa. Su trabajo en la dirección de Televisión Nacional y su columna en Clarín apenas le dejaban tiempo. Su actividad principal, desde 1970, era acompañar al Presidente Allende. Desde mucho antes era algo así como un asesor político, pero sobre todo un amigo. Allende escuchaba sus opiniones y ponía atención a sus análisis de la situación. Olivares pertenecía al grupo de íntimos que durante muchos años rodeó a Salvador Allende y que lo apoyó en sus campañas electorales. Juntó con el Perro estaban José Tohá, Carlos Jorquera, el Coco Paredes, Jaime Faivovich, Víctor Pey y más tarde Joán Garcés y Miria Contreras (la Payita). Cuando Allende se convirtió en Presidente de la República, varios redactores de Punto Final se incorporaron a tareas en el gobierno. Además de Olivares, el Negro Jorquera pasó a la secretaría de prensa del Presidente, Jaime Faivovich fue Intendenta de Santiago y subsecretario de Transportes, Jaime Barrios, gerente general del Banco Central, Hernán Uribe, director de Ultima Hora. Algunos, como el Perro, siguieron apareciendo en el consejo de redacción, pero el grupo fundador de PF se dispersó. Quedamos Mario Díaz, el abogado gerente Alejandro Pérez, Augusto Carmona y yo. Se distanciaron nuestras reuniones, incluso aquellas que más nos gustaban. Durante mucho tiempo tuvimos la costumbre de juntarnos los sábados a mediodía e íbamos a comer mariscos al Mercado Central. Pasábamos a una botillería frente al Mercado, comprábamos unas botellas de vino blanco y nos instalábamos a comer choros, almejas y cholgas en el puesto de don Manuel Pacheco, un gordo hospitalario que junto con sus empleados tomaban parte en las conversaciones y compartían nuestro vino. El Perro aprovechaba para comprar pescado que sabía elegir y cocinar muy bien. Junto a su mujer, Mireya Latorre Blanco, y los hijos del primer matrimonio de ella con el periodista Juan Emilio Pacull, compartía los fines de semana, en su casa de calle Gerona, cerca de la plaza Ñuñoa. El Perro --que se casó en 1962 con Mireya-- encontró en esa relación la seguridad y confianza que le hicieron falta en su primera juventud. Afectivo, tierno y apasionado. El Perro sufrió profundas crisis depresivas que lo llevaron en un par de ocasiones a intentar quitarse la vida. Reportero del acontecer político Después de una de esas crisis se embarcó a Europa con el que sería su mejor amigo, Mario Díaz, porteño sin concesiones. El Chico Díaz, que también sufría en esa época la resaca de amores tormentosos, y el Perro Olivares hicieron durante un tiempo "vida de estudiantes " en París, aunque sin dejar el periodismo a través de corresponsalías que les pagaban tarde, mal y nunca. Aunque tuvieron dificultades económicas, conocieron Europa, se enamoraron de hermosas francesas, italianas y españolas, y al sanar las heridas del alma regresaron a Chile para retomar sus puestos como periodistas. Yo los conocí en el vespertino Las Noticias de Ultima Hora. Mario Díaz era jefe de informaciones y el Perro Olivares redactor político. La Ultima Hora, fundada por Carlos Becerra, en esa época era propiedad de Arturo Matte Alessandri y Aníbal Pinto Santa Cruz. Más tarde, hasta el 10 de septiembre de 1975, sería del Partido Socialista. Ese diario tuvo buenos redactores políticos. Fernando Murillo Viaña. Julio Fuentes Molina y más tarde Olivares, hacían un periodismo informativo y de interpretación. La crónica política tenía exponentes de mucho prestigio como Luis Hernández Parker, Igor Éntrala y Murillo. La competencia era difícil y los "golpes" menudeaban. Olivares alcanzó prestigio con sus comentarios, sobretodo bajo el gobierno de Frei Montalva, con un periodismo de oposición de gran calidad. A la vez hacía comentarios radiales y en el Canal 9 de Televisión de la Universidad de Chile. Era infatigable; siempre andaba apurado y corría de un lado a otro. A ultima Hora llegaba temprano. Tenía un rincón junto a una ventana que no daba a ninguna parte. Aporreaba su máquina de escribir hasta terminar su-trabajo, lo corregía y entregaba para despacharlo a la imprenta y partía veloz a reportear al Congreso Nacional o a la radio donde tenía un programa al mediodía. Siempre andaba con un maletín repleto de papeles, recortes de periódicos, revistas extranjeras y libros. En su casa tenía un archivo en carpetas clasificadas por temas y una amplia biblioteca. Mireya Latorre salvó parte de ese archivo y lo llevó a Cuba, donde lo entregó en custodia a la Unión de Periodistas que hace un par de años lo hizo llegar al Círculo de Periodistas de Santiago. Augusto Olivares fue leal amigo de la Revolución Cubana. Varios Comités de Defensa de la Revolución (CDR), organismos de masas que estructuran la organización popular en Cuba, llevan su nombre. Los miembros de esos CDR conocen quién fue el periodista chileno; tienen fotos y biografías suyas, como ocurre con otras destacadas figuras latinoamericanas cuyos nombres toman esos comités. Tanto la Organización Internacional de Periodistas (OIP), como la Federación Latinoamericana de Periodistas (FELAP), otorgaron premios póstumos a Olivares, destacando su rol en el periodismo antiimperialista. El periodismo de Olivares estaba claramente comprometido con la Izquierda y las luchas del pueblo. Sin embargo, eludía lo panfletario y usaba las artes y técnicas del oficio para una interpretación de hechos que no se podían desmentir. Muchas de sus reflexiones sobre periodismo --como una función de servicio público que exige veracidad, responsabilidad y toma de posición en los grandes conflictos de la sociedad--, fueron conocidos por sus alumnos en la Escuela de Periodismo de la Universidad de Chile, donde el Perro impartió clases algún tiempo. En lo político, era un izquierdista independiente. En su juventud, como otros periodistas de su generación, simpatizó con el partido Comunista. Más tarde, en los años sesenta, su ubicación política estuvo influida por la vigorosa Revolución Cubana. Esto lo llevó a integrarse al grupo fundador de Punto Final, constituido por periodistas, abogados (como Alejandro Pérez y Jaime Faivovich) y economistas (como Jaime Barrios), cuyo común denominador ideológico se inspiraba en los planteamientos de la Revolución Cubana. En ese grupo había comunistas, socialistas, miristas, cristianos de Izquierda, etc. Se trabajaba con amplitud y respeto mutuo. En el consejo de redacción de PF se expresaban opiniones diferentes sobre muchos asuntos. Pero se lograba una síntesis que nos dejaba satisfechos a todos. Muchos periodistas compartían nuestros puntos de vista. En representación de ellos, Olivares fue elegido consejero nacional del Colegio. La contribución del Perro en el consejo de redacción de PF, sus artículos y reportajes ayudaron mucho al prestigio que alcanzó la revista en ese período. Comienzo del fin A mediados de 1973, la amenaza golpista se hizo evidente. El 29 de junio se produjo el amotinamiento de oficiales del regimiento Blindados N° 2 que el general Prats pudo controlar. El 27 de julio fue asesinado el edecán naval de Allende, el comandante Arturo Araya Peeters, por un comando de extrema derecha. Ese crimen conmovió de modo profundo al Presidente Allende. También a Olivares, que había desarrollado una sólida amistad con ese oficial. En paralelo con la actividad de comandos terroristas de Patria y Libertad, y del partido Nacional, asesorados por oficiales de las FF. AA. y Carabineros, se desató el paro de la Confederación Nacional de Dueños de Camiones -- financiado por la CÍA--y se iniciaron los allanamientos de industrias en aplicación de la ley sobre Control de Armas aprobada por la mayoría DC derecha del Congreso. A principios de agosto, fuerzas combinadas del Ejército, FACH y Marina allanaron la industria Lanera Austral en Punta Arenas, dando muerte a un obrero. Un destacamento de la FACH hizo lo mismo en Cobre Cerrillos en Santiago. Las provocaciones eran brutales. El oficial a cargo del operativo en Cobre Cerrillos, mientras empujaba e insultaba a los obreros, les gritaba: "Si quieren que la guerra civil empiece ahora mismo, hagan algo, maricones..." El 9 de agostó se formó un nuevo gabinete con participación de los comandantes en jefe de las FF.AA. y del director general de Carabineros. Era una exigencia del PDC y de sectores empresariales, como la Cámara Chilena de la Construcción. Entretanto, en la Armada apresaban y torturaban a un numeroso grupo de marineros del destructor Blanco Encalada y del crucero Almirante Latorre, que habían entregado a dirigentes de la Unidad Popular y del MIR antecedentes sobre la conspiración golpista en marcha. La Cámara de Diputados --presidida por el DC Luis Pareto-- y el Senado --por Eduardo Frei Montalva-- destituían ministros y declaraban inconstitucionales las resoluciones del gobierno. La Corte Suprema participaba activamente en la construcción de un soporto jurídico para el golpe de estado. Todos esperábamos el golpe. Pero ésto se descargó de súbito. El Perro Olivares supo ese día que su lugar estaba en La Moneda, junto al Presidente. Sabía que todo estaba perdido, pero no titubeó en acompañar a Allende en su última apuesta por la dignidad y el coraje. En la muerto, también los unió una amistad que tuvo mucho de filial. Allende y Olivares fueron de infancias tristes. Problemas con el padre, en el caso de Allende; ausencia de la madre --que murió dos meses después de darlo a luz-- en Olivares. Un puntó en común entre ambos era la búsqueda de ternura que brindaban en sus afectos. El suicidio de Augusto Olivares, antes que la tragedia en La Moneda llegara a su fin, tiene que haber golpeado muy duro al Presidente. Era también su propia determinación. "Yo no me rendiré", había dicho en su mensaje radial desde el palacio en llamas. Se asistía al fin de un período de la historia del país. Los defensores de La Moneda necesitaban dejar un mensaje imborrable para los que seguirían luchando. Allende y Olivares lo entendieron y no vacilaron al momento de hacerlo.
No podemos pasar por desapercibido lo que ese 11 representa y recordar lo escrito por Guillermo Tejeda ....Mierda. Tras recibir una llamada telefónica, el Presidente Allende se pudo aquella mañana un slip sobre el calzoncillo que ya llevaba puesto, buscó sus calcetines, se encasquetó el pantalón, agarró camisa y salió un poco de cualquier manera de Tomas Moro hacia La Moneda en su comitiva de autos Fiat color azul. En la casa quedó la Tencha con algunos guardias.Esa mañana, por las prisas, no había logrado que le combinara mucho la ropa. Una vez dentro de Palacio de Gobierno, reunió a sus fieles, que estaban todos ellos con muy mal aspecto. Telefoneó a unidades militares que respondieron con palabras difusas o inquietantes. Y el pobre Pinochet debe estar detenido, le dijo Allende a sus colaboradores, mostrando así su cabal conocimiento de la situación. Sintonizó la radio. Las diferentes emisoras de la capital se habían unificado tras Radio Agricultura, transmitiendo bandos y marchas militares. Sólo Radio Magallanes resistía en contra del golpe fascista y llamaba a juntar fuerzas y estar alertas.
Y podría uno preguntarse, entonces y ahora, qué quería decir exactamente estar alertas en medio de un golpe de Estado que se desplegaba como un guaracazo. Bueno, había que estar alertas. Sin que nadie supiera a ciencia cierta en que podía consistir aquello, durante los espesos y demenciales meses del final era habitual y recurrente, casi cotidiano, que los líderes de izquierda llamaran al pueblo a estar alertas.
El Presidente estaba alerta, así que improvisó por teléfono unas palabras para la radio.
- Tengo la certeza -afirmó- de que la semilla que entregáramos a la conciencia digna de miles y miles de chilenos no podrá ser segada definitivamente.
Aparte de que las semillas no se siegan porque aún no tienen tallo, la afirmación sanaba más espiritual que concreta.
- T i e n e n la f u e r z a -aindió. Podrán avasallarnos.
¿Avasallarnos?
- El capital foráneo, el imperialismo, unido a la reacción, creó el clima para que las Fuerzas Armadas rompieran su tradición –afirmó-, en astuto y oportuno análisis.
Allende se dirigió al hombre de Chile. Al obrero, al campesino, al intelectual. A aquellos que, sin duda, iban a ser perseguidos a partir de los próximos instantes y quizás durante cuántos años. Sin embargo, sus palabras no incluían ninguna idea o indicación concreta acerca de qué debían hacer en esos momentos precisos ni el obrero, ni el campesino, ni mucho menos el intelectual.
Seguramente Radio Magallanes será acallada –agregó- y el metal tranquilo de mi voz no llegará a ustedes. No importa.
¡¿Cómo que no importa?! El metal tranquilo, por lo demás, no sé si fue una figura retórica afortunada para las circunstancias. Y siguió:
Siempre estaré junto a ustedes. Por lo menos, mi recuerdo será el de un hombre digno que fue leal a la lealtad de los trabajadores.
Por lo menos. Leal a la lealtad. No está mal.
¿Y si hubiera hecho mejor la pega?
El pueblo debe defenderse -afirmó-, después de lo cual quines escuchábamos nos preguntamos de inmediato a nosotros mismos: ¿Cómo crestas debe defenderse?
- Pero no debe dejarse arrasar no acribillar -prosiguió-, lo cual parecía en verdad más atinado, aunque había que ver en qué consistía eso de defenderse sin dejar arrasar no acribillar.
- Y tampoco puede humillarse -redondeó-, cerrando el circulo retórico de confusión en que habíamos vivido entrampados tres años. O sea, una huevá muy enredada y, sobre todo, escasamente práctica.
-Trabajadores de mi patria: tengo fe en Chile y su destino. Superarán otros hombres este momento gris y amargo, donde la traición pretende imponerse.
A esas alturas, compañero, la traición no pretendía imponerse, sino que estaba totalmente impuesta.
- Sigan ustedes sabiendo que, más temprano que tarde, de nuevo se abrirán las grandes Alamedas por donde pase el hombre libre, para construir una sociedad mejor.
¿Más temprano que tarde? O sea que para ahora mismo no había previsto nada. Putas la huevá, compañero Allende, putas la huevá.
- Tengo la certeza de que mi sacrificio no será en vano.
Cresta, cresta, cresta: ahí empezábamos a despedirnos.
A partir de ese deplorable discurso con ribetes éticos, aunque desprovisto de toda instrucción concreta, los ánimos de la población adicta al gobierno comenzaron a declinas de manera ostensible. Llegó poco después al Palacio de La Moneda el compañero Hernán del canto que militaba en el ala más fogosa del socialismo duro, con cara de ratón a pedir instrucciones. ¿Qué hacemos? Buena pregunta. Un importante ministro sugirió entones, fíjense ustedes en lo atinado de la idea, rodear La Moneda con un escudo de cientos de miles de trabajadores. ¡Un escudo Humano de gente, a ver si resultaba, mierda! Altamirano, el implacable Altamirano, el feroz Altamirano, estaba desaparecido, doblado en cuatro dentro de su Fiat 600 en algún lugar seguro o a lo mejor no tan seguro. Volodia y Corvalán en otros lugares inseguros o seguros. Mireya Baltra en otro lugar inseguro o seguro. Gazmuri y Garretón, sin y con barba respectivamente, estaban a su vez en lugares o inseguros o seguros. Los generales de carabineros que, o bien despistados o bien en razón del cumplimiento cabal de sus obligaciones constitucionales, habían llegado hasta La Moneda, decidieron retirarse majestuosamente. La guardia de Palacio, compuesta por carabineros de gran estatura y brillo en las botas, hizo lo propio. Clap, clap, clap, su firme taconeo se fue alejando por el patio hasta salir a la calle. Los detectives de Palacio saludaron mocionadamente, el compañerismo es compañerismo, gracias por los agradables tiempos pasados en este grato lugar, y se fueron. Los ministros que llegaron hasta el poco prometedor reciento buscaron cada cual su modo de ausentarse. En la ciudad de Santiago y el resto del largo y conmocionado país los trabajadores de la patria estaban es sus puestos de trabajo o en sus puestos en sus casas o en sus puestos en water. Estaba la mansa zorra. El Perro Olivares instaló una delgadísima ametralladora, aunque ametralladora al fin, que le valió un comentario ácido de don Edgardo Enríquez: mal estamos cuando los periodistas tienen que sacar armas para defenderse. El GAP se rindió de a poco, y sus efectivos fueron brotando desde la puerta de Morandé a la manera de un montoncito de cuerpos en cascada, con unos trapos blancos como banderas. Olivares, finalmente, se quitó la vida. Allende mandó a sus hijas y mujeres a salir de La Moneda. Estaba la mansa mierda. ¿Adónde envió a sus mujeres e hijas? Salgan de aquí, por lo que más quieran, ya, váyanse. ¿Adónde envió a los trabajadores? A la nada misma. ¿Dónde estaban los entusiastas dirigentes del Gobierno Popular del doctor Allende, los líderes de los partidos de izquierda, el pueblo organizado, los sindicatos obreros y campesinos, la juventud de la patria, la orgullosa mujer chilena, el pampino de rostro curtido por le sol, el pescador, el estudiante? Desaparecidos, chupados, desconcertados, desintegrados, mirando para arriba los aviones, loreando por la puerta, más nerviosos que la chucha. ¿Dónde estaban los partidarios fervorosos del proceso de tránsito hacia el socialismo? Ya nadie transitaba hacia el socialismo, el personal estaba comenzando a arrancar en masa de un modo parecido a como se arranca durante los temblores, hacia ninguna parte. ¿Y el trajinado armamento traído por extremistas desde Cuba? Sepa Moya. ¿Y los generales constitucionalistas que avanzaban desde San Felipe? No había ningún general constitucionalista que avanzaba desde ningún lado hacia parte alguna. ¿Y el general Prats? Abandonado en su casa, mirando el florero del living. Allende, Allende, el pueblo no te entiende.
Allende cerró la puerta del salón, con el espíritu reconfortado por una firme decisión.
- ¡Milicos de mierda -gritó-, allende no se rinde!
Choro. ¿Y toda esa gente que quedó en las fábricas y en las poblaciones o en sus hogares de clase media? Putas, si estamos hablando casi de la mitad del país, no sé cuantos millones de pobres y tristes huevones que ya esa misma noche empezamos a dormir como el forro. Muchos se iban a ir al exilio, otros preparaban sus carnes para llegar hasta las jugosas manos del Guatón Romo, otros iban a ser ayudados gracias a las delicadas gestiones de Jaime Guzmán, muchos más iban a perder la pega y varios miles la vida y a todos ellos y a sus familias les quedó para siempre en el alma la marca horadada de una cicatriz indeleble. Porque esos cuatro o cinco millones de almas sirvieron durante todos los años del gobierno popular como un escudo humano, como el escudo que aquel ministro pensaba desplegar en torno a La Moneda. Como un cultivo biológico y multitudinario de masas en acción. En la calle, en el trabajo, en el bario, en el colegio, el estilo testimonial de la Unidad Popular, directo y callejero sirvió para sacarle a la política ese tufillo a leve rencilla palaciega, otorgándoles, en cambo, un vivificante estatuto de lucha cuerpo a cuerpo. Protestas, marchas, desfiles, tomas, concentraciones, consignas, himnos, se convirtieron en la sustancia que alimentaba la vida política y social del país. Llegaron a ser un panorama, un modo de pasar la tarde. Vamos chiquillos, a la marcha con los compañeros de la oficina, van a venir todas las cabras, la Magaly, la Carmencita y la Tamara. Voto a voto, conciencia a conciencia, metro a metro, la marcha hacia el socialismo se hacía a rostro descubierto, con el afiche bien pegado en la puerta de la casa, la bandera partidaria desplegada al viento bien arriba de un coligüe, y a lo mejor hasta con una camisa de uniforma de brigadista de alguna cosa. Tan importante como los actos revolucionarios era la conciencia revolucionaria, y tan importante como la conciencia revolucionaria era el testimonio revolucionario. De tal manera que quien pensaba, opinaba, y quien opinaba, se sumaba visiblemente a la causa y se ganaba un carné de participante en el escudo humano. Y los conductores del proceso se hundían gozosos, entonces, en esta masa fervorosa de miles y miles de personas, trabajadores con mujeres e hijos, vecinos de barrio, jóvenes que estaban empezando su vida profesional. Todos ellos quedaron, tras la catástrofe, con la cara manchada de modo indeleble por la ignominia roja y el pecho hundido por un terror negro, a disposición de los cazadores de izquierdistas, u blanda carne fue alimento de las vecinas delatoras y de los compañeros de trabajo resentidos. Cientos de miles de chilenos que defendieron limpiamente sus ideas, constituyeron el material en el cual iban a hundir sus manos los entusiastas muchachos de Manuel Contreras, mientras los miembros bastante poco viriles de los Comités Centrales y las Centrales Sindicales, siguiendo en cada caso terminantes instrucciones de su Partido, buscaban y no sin dificultad encontraban refugio en el jardín de alguna embajada.
¡El pueblo debe defenderse. Pero no debe dejarse arrasar ni acribillar! Cuando, durante los angustiosos meses del último año de su gobierno sus partidarios lo veían comparecer seguro de sí, como un tractor, pensaban que el chico tenía guardada alguna carta bajo la manga. Que sabría salir del atolladero con algún tipo de astucia. Las mujeres en la poblaciones, los obreros en las fabricas expropiadas, los campesinos de los predios tomados, los estudiantes, los encargados de las JAP, los dirigentes sindicales suponían que avanzaban o se deslizaban o caían hacia algún lado y con algún destino.
Y efectivamente, Salvador Allende tenía una solución espectacular, un romántico final balmacedista muy propio del siglo 19, de caballero antiguo, laico y republicano. Se sentó con el fusil ametralladora que le había regalado Fidel castro entre las piernas, apoyó el mantón sobre el orificio del cañón e hizo fuego. La detonación lo impulsó hacia arriba, al aire, y al caer quedó, no propiamente sentado pero sí algo parecido a eso. El cuerpo estaba entero sólo hasta las cejas, y a partir de ahí, poco más que la nada. La tapa del cráneo había volado, y el lado derecho de la cara aparecía totalmente desformado y aplastado. El impacto de los proyectiles incrustó algunos dientes en los trozos aún visibles de la masa encefálica. Podían verse trozos de sesos ensangrentados junto a su pierna izquierda, sobre el sofá y en el suelo, a su izquierda yacían más restos de masa encefálica, lo mismo que en la muralla, adheridos a los finos hilos de un tapiz traído de Francia en otra época.