Annie Wood Besant en 1897

Annie Besant

LEYMORHART

Para quienes están plenamente identificados con su creciomiento espiritual y se han adentrado en la Teosofía, no pueden ignorar los legados que al respecto nos legara Annie Besant

Se señala, que nació en el año 1847 en Londres. murió en 1933, en la ciudad de Adyar, a los 86 años de edad. Fundó y dirigió el seminario Link. Cooperó en la creación de tres institutos y más de doscientas escuelas. Ofreció más de cuatro mil conferencias y escribió cuatrocientas obras.

Su ascendencia tenía un fuerte componente irlandés, raíz que siempre le agradó. Sus abuelos por parte de la madre – mujer de gran sensibilidad – eran ambos irlandeses, así como también por el lado materno del padre – hombre de sólida cultura humanista, matemático y profesor de Francés, Alemán, Italiano, Español y Portugués.

Sucedió a Henry Olcott en la presidencia de la Sociedad Teosófica y fue iniciada en la masonería en 1902. En 1911 se convirtió en vicepresidenta de la Comasonería mundial y alcanzó el grado de Gran Maestre del Consejo Supremo de la Orden Internacional de la Comasonería, una obediencia masónica que permite la iniciación de mujeres. En 1912, junto a Marie Russak y James Wedgwood fundó la Orden del Templo de la Rosa Cruz inspirada en las enseñanzas del esoterismo occidental

José Manuel Anacleto, nos agrega, que aunque Annie Besant haya escrito, en algún lugar, que sólo quería como epitafio para sí misma el de que “ella procuró seguir la Verdad”, su figura es tan luminosa, que los más bellos adjetivos, los más inspirados epítetos le fueron consagrados por muchos de los que pudieron conocer su naturaleza impar. Entre tanto, para nosotros, la más expresiva de todas las imágenes se debe a Charles Blech, Secretario-General de la Sociedad Teosófica de Francia a principios de siglo: “El Alma de Diamante”, Annie Besant fue, sí, un alma de diamante – tan fuerte y tan delicada, tan bella y tan resistente, brillando intensamente en tantas facetas, como si fuera la exponente de cada uno de los Siete Rayos

A los 19 años, sin jamás haber tenido enamorados o haber pensado en eso seriamente – pues sus ideales habían sido “mi madre y el Cristo” –, se hizo novia del Reverendo Frank Besant, con quien se casó un año y tres meses después. Su futuro marido interpretó como interés amoroso una convivencia que, para Annie, no era nada más que la oportunidad de conversar sobre temas religiosos. Pillada de sorpresa cuando Frank le pidió en matrimonio, permaneció en silencio, envuelta en sentimientos de culpa por haber dado pie a tal situación; tales sentimientos, llevados al extremo, combinados con la esperanza de que, como “esposa de un pastor, mejor que de otras maneras, tendría oportunidad de practicar el bien”, la llevaron a vencer su “aversión al matrimonio” y a comprometerse. Ya novia, intentó romper el compromiso pero no fue más allá de la tentativa, para no dañar a su madre, que consideraba suprema deshonra si su hija faltaba a la palabra dada. Así, sin entusiasmo y sin preparación, se casó (o mejor, se dejó casar). Liviandad e irresponsabilidad – pensarán algunos; consecuencia de la diferente focalización de sus intereses (que la volvió menos sagaz y despierta para las “cosas comunes”) y de un escrúpulo, sentido de lealtad y de no hacer daño llevados al extremo – pensamos nosotros. Un amigo de Annie, comentó, a propósito, con extraordinaria exactitud: “Como ella no podía ser novia del cielo, se hizo novia del Señor Frank Besant, que difícilmente sería un sustituto adecuado”.

De hecho, no lo fue. La minuciosa aspereza de Frank suscitó en Annie Besant (A.B.) “primero, incrédula extrañeza, después un torrente de lágrimas de indignación y, pasado algún tiempo, una resistencia orgullosa, desafiadora, fría y rígida como el hierro. La desenvuelta jovencita, radiante, impulsiva, ardiente, entusiasta, se transformó –y muy rápidamente – en una grave, altiva y reticente mujer, que sepultaba bajo las profundidades del corazón todas sus esperanzas, temores y desilusiones”. Así, el único feliz resultado del matrimonio fueron dos hijos (un chico y una chica), unidos para siempre a Annie por un elevado amor, y partícipes, cuando fueron adultos, de las nobilísimas causas a las que se consagró. Todo lo demás, supuso un tormento para A.B.; especialmente las visitas sociales de señoras cuya conversación la “fastidiaban enormemente, y que eran tan indiferentes a todo lo que me llenaba la vida – teología, política, ciencia – como yo lo era a sus discusiones sobre el novio de sus empleadas y las extravagancias de sus cocineras”.

Se separó a los 25 años de edad, y se dedicó más que nunca a las cuestiones religiosas que la atormentaban, amplió más y más su interés por la política y por la ciencia, amplió su cultura hasta niveles extraordinarios, lo que más tarde le permitió tratar con soltura cualquier cuestión que, mismo inesperadamente, se le presentase. Las personas se sorprendían al ver a aquella joven de rostro simultáneamente hermoso y grave, seria y austeramente concentrada en las más abstrusas lecturas.

revistabiosofia.com e señala, que en el campo teosófico, Annie Besant pudo encontrar la posibilidad de conciliar su naturaleza mística con una sólida filosofía, la ciencia de las cosas físicas con la ciencia de los mundo suprafísicos, la libertad del pensamiento y de expresión con una rigurosa noción de ética, de deber y de amplia filantropía; llegó a una base sólida y potenciadora de la fraternidad universal, pudo, en fin, identificarse con una concepción de lo Divino destituida de los habituales antropomorfismos, se encontró con que existe una Sabiduría Perenne, una Ciencia Universal, una Religión –Sabiduría de la que proceden todas las grandes escuelas filosóficas espiritualistas y todas las grandes religiones, sin que (por eso) la verdad de una excluya la verdad de las otras

Se cuentan por millares las conferencias que Annie Besant dio, llegando a disertar tres en el mismo día. Por ejemplo, en los 50 días entre el 16 de Noviembre de 1893 y el 7 de Enero de 1894, en la India, dio un total de 48 conferencias. Hablaba invariablemente improvisando y con un pequeño tiempo de preparación de los temas. El magnetismo, el encanto y la autoridad que de ella emanaban, la fluencia rítmica de los discursos y la fuerza de las imágenes, el encadenamiento de las ideas y la solidez de los argumentos la consagraban como “la más brillante conferenciante de Inglaterra”, “la mejor oradora de su época” (Bernard Shaw) y, según muchos testimonios, “la mejor oradora del mundo” (esta última expresión, se encuentra, por ejemplo, en un libro de M. Lutyens, fundamentalmente hostil a la ST y despreciativo en relación a A.B.), El dramaturgo y novelista Enid Bagnold comentó en relación a una conferencia de Annie Besant en el Queen´s Hall de Londres (1912): “Cuando ella subió a la plataforma para hablar, estaba radiante. Su autoridad llegaba a todos los lados”.

Sus discursos culminaban casi siempre en un torrente de aplausos, que llegaba a prolongarse durante diez minutos – en una conferencia en la Sorbonne, en 1910, continuaron prolongadamente ya fuera de la sala. Su primera serie de conferencias en la India (en 1893/94) fue un éxito tan grande que, rodeada de multitudes, llegó a tener que hablar sobre pequeñas plataformas, del diámetro de un sombrero, en precario equilibrio – e, a medida que su prestigio crecía, casi no podía andar por las calles, entre las personas que le querían ver, tocar, expresar su admiración y gratitud. Hablando para 5.000 personas, sin medios de amplificación, era tal la penetración de su voz y de tal manera impresionante y casi sagrado el silencio de los oyentes, que podía ser oída por todos, incluso cuando bajaba el tono para algún pasaje más íntimo y sensible. En 1900, en París, fue tan grande su triunfo al disertar en un congreso que, después de acabar, y cuando volvía a su lugar, caminó decenas y decenas de metros bajo el clamor entusiasmado de la asistencia, que le cubría de flores tiradas a su paso –cosa jamás allí vista. Estos hechos eran aún más notables en cuanto que en ella no había nada de teatralidad o de apelo al culto de la personalidad – por el contrario, innumerables veces lo recusó expresamente.

En 1907, después de la muerte del Coronel Olcott, quedó electa como Presidenta de la Sociedad Teosófica – de acuerdo, además, a la voluntad que su antecesor manifestara –, cargo que ejerció durante 26 años

Annie Besant es una referencia ineludible de la historia de la India. Ese hecho es plenamente reconocido por Gandhi, Nerhu y otros líderes indios (ójala, sin embargo, hubiese sido mejor comprendida). A cierta altura, Besant y Gandhi divergieron políticamente, lo que nunca puso en causa una mutua admiración. En el 1º centenario del nacimiento de A.B., él dijo: “Cuando la Sra. Besant vino a la India y cautivó a todo el país, entré en íntimo contacto con ella y, aunque tuviéramos diferencias políticas, mi veneración por ella no se enfrió nada. Espero, pues, que las celebraciones sean dignas de esa gran mujer”. Al contrario de M. Gandhi, Annie preconizaba una transición más gradual y menos populista, daba prioridad a una verdadera reeducación de los hindúes (que despertase su antiguo esplendor) y apostaba en el debilitamiento de las tensiones internas, sintetizando todo en la paráfrasis: “¡De qué le valdría a la India conquistar el mundo, si perdiese su alma!”. El futuro mostró que ella tenía razón...

Fue Besant –una ardiente peregrina, una apasionada guerrera que jamás se permitió dejar que se perdiese el estandarte que se le confiara. Usando una expresión popular, de ella se puede decir que “ trabajaba en serio”. Su ritmo de trabajo era impresionante: cerca de 15 horas por día, incluso con 80 años. Qué grande, qué extraordinario ejemplo de quien, no obstante, tenía una vida interior tan rica y preciosa! Para nosotros, Annie Besant representa el poder y la inspiración de un mar inmenso de estandartes de todos los colores, inscritos con los más bellos símbolos de la creatividad humana.

Se nos agrega, que con casi 86 años de una existencia consagrada a estudiar, amar y servir. A su lado estaban dos de los compañeros que, a pesar de todo, mejor pudieron compartir su labor y sus anhelos :C.W.Leadbeater y (cogiéndole la mano) C. Jinarajadasa, que sería Presidente de la Soc. Teosófica entre 1946 y 1953. En el órgano oficial de esta institución (“The Theosophist”), en el número de Octubre de 1933, finalizó el anuncio de la muerte de Annie Besant con estas palabras:

“¡Vuelve en breve, oh combatiente, y dirígenos una vez más!”